lunes, 22 de noviembre de 2021

Reflexión N°5

Un tema que llamó nuestra atención en la clase de prácticas inclusivas en los recintos educativos, fue que uno de los indicadores de inclusión era la existencia y participación en actividades extracurriculares. 

Creemos que el motivo por el cual esto nos resultó llamativo es porque en general estamos acostumbradas a una sociedad en donde si algo es entregado, es solo lo justo o necesario, si es que se puede entregar algo. Y en términos de educación esto podría interpretarse como que las escuelas se limiten a proporcionar los contenidos curriculares y que les estudiantes los aprendan.

El asunto es que como seres humanos vivimos en una sociedad donde hay muchas dimensiones entrelazadas, por lo que separar componentes (sociales, personales, etc) en distintas actividades pierde sentido. Pensar en que el paso por la escuela se puede dar exclusivamente para aprender contenidos es bastante limitado. Las personas pasan un gran e importante periodo de sus vidas en la escuela y aprenden mucho más que solo contenidos: aprenden sobre sí mismas y el resto, sobre cómo relacionarse con otres. Por lo tanto, las escuelas se consideran más inclusivas cuando aportan más en estos procesos de formación integral de sus estudiantes.

Para profundizar en esto, tenemos la experiencia de una de nuestras compañeras en su colegio. Allí, se realizaban actividades curriculares que consistían en cuatro deportes que formaban parte de unos juegos realizados una vez al año. Para poder formar parte de los deportes era necesario ser seleccionade, osea, tener un buen nivel para ingresar ¿Pero cómo ingresar sin experiencia?. El resto de las actividades extracurriculares no vinculadas a deportes eran bastante pocas y eran muy cerradas: acceder e integrarse no era fácil.  Por ejemplo, en los talleres musicales era necesario tener un instrumento propio, lo cual es bastante limitante si consideramos que algunos son bastante costosos. También, en educación media se realizaba un preuniversitario obligatorio luego de las clases, ya que era un colegio de "excelencia académica". Este preuniversitario era de todas las pruebas de la PSU, independiente de las pruebas que se fueran a rendir. Para quienes querían preparar la prueba y no tenían recursos para pagar un preuniversitario, quizás era una buena oportunidad. Pero a la vez, el carácter obligatorio quitaba mucho tiempo a quienes tal vez no estuvieran interesades, tiempo que podría haber sido utilizado en actividades de mayor interés para el estudiante, aportando en su formación como persona, en lugar de obligarle a asistir a clases adicionales. Por lo demás, este tipo de prácticas podrían provocar una aversión a la escuela o a lo relacionado a la escuela.

Para terminar, creemos que las escuelas deben ofrecer un ambiente acogedor para que les estudiantes participen de estas actividades curriculares, y que como comunidad se reconozca el tremendo aporte que pueden hacer en las vidas de les estudiantes este tipo de talleres. El solo hecho de ofrecer actividades, como mencionamos en el ejemplo, no es suficiente, e incluso bajo ciertas circunstancias puede ser perjudicial. 

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